sábado, 7 de abril de 2018

Abstinencia


Sed. Hambre. Difícil de distinguir. Sólo podría describirse como una sensación de vacío, como un agujero negro, que necesita alimentarse. La saciedad es temporal, pero esto nunca termina.
Y si uno se atreviera a ignorar esta necesidad, el cuerpo y la mente reaccionarían. Empezaría como ansiedad, un pensamiento obsesivo por satisfacer algo en el interior. En pocas horas, la mente se desconectaría de la realidad; alucinaciones, acompañadas de un miedo persistente a morir. Aparecería un dolor agudo que provendría desde lo profundo del abdomen, intenso, inmovilizante. Nadie quiere sentirlo, una vez que se llega a este punto, algo en la personalidad del individuo cambia. Una voluntad siniestra e inquebrantable se apoderaría de él, los sentidos se agudizarían. Perdería la consciencia sobre sus actos, haría todo lo posible por alimentar ese vacío. Se convertiría en un individuo sumamente violento. Es el último mecanismo de defensa, antes de que comiencen las convulsiones.
Llega un punto en el que el cuerpo se altera demasiado debido a la abstinencia. Pronto comienzan las convulsiones, de carácter brutal, que de cierto modo recorren todos los nervios y músculos. Usualmente no llega a durar más de cinco minutos. Finalmente, una calma que sirve de preludio a lo inevitable. Se recupera la consciencia, como un acto cruel donde se presencia la propia decadencia sin poder evitarla. Lentamente se pierden los sentidos, primero el tacto, como si el cuerpo desapareciera. Uno por uno van cediendo, el último siendo la vista, dando paso a una oscuridad infinita y un pánico inmenso. Creo que si alguien tuviera las fuerzas para hacerlo, gritaría, pero nunca es así. El cuerpo, tomaría un aspecto cadavérico, frío al tocarlo, yacería petrificado; las facciones envejecerían diez años en diez minutos, en un rostro que sólo expresa dolor y tristeza, como si sólo hubiera conocido eso toda su vida. Tan sólo a unos momentos de morir, ¿hay vuelta atrás?
Casi nadie se permite llegar a ese estado, y los que lo hacen tienen dos razones: soledad o culpa. Dos razones que invaden sus mentes; la mía no, dejé de sentir culpa hace mucho tiempo, y, ¿cómo hago para no sentirme solo? Me adapto. La muerte, una verdadera muerte, no es algo que quiera experimentar. ¿Quién sabe qué le espera a alguien como yo después de esta vida? Quizás tormento, el mismo que yo infligí con tal de vivir para siempre. No es mi intención saberlo.