CAPITULO 12 - Soñando despierto
El lugar que Arthur Hill consideraba su hogar, era
un reflejo de sus actitudes y su vestimenta. Las paredes de cada habitación estaban
llenas de pinturas en óleo, una colección de distintas corrientes de arte a
través de los siglos. Los muebles parecían ser muy antiguos, si bien se
encontraban preservados. En la sala había estantes llenos de literatura inglesa
y unos cuantos libros de autores americanos. Daba la impresión de que Arthur y
Thomas existían en una burbuja en el tiempo, al menos uno o dos siglos en el
pasado.
-¡Toma asiento! Iré por bebidas- Arthur le indicó
a Thomas que se sentara en un sillón grande con vista hacia una mesa en el
centro y otro sillón a un lado. Arthur desapareció por unos instantes, Thomas
dirigió su mirada hacia la ventana, se acercó a mirar hacia el exterior. La
luna brillaba sobre un campo baldío al lado de la casa de Arthur. Se encontraban
lejos del centro de la ciudad. Quizás en la orilla, lo suficientemente apartado
para apreciar la naturaleza, con un toque de soledad y tranquilidad. La
oscuridad parecía perpetua, extensa. Algunas luces desafiaban a la noche,
distantes. Thomas se preguntaba si alguna vez volvería a ver el sol con sus
ojos.
-Me gusta este espacio que existe entre la
civilización y mi hogar- Thomas volteó hacia la entrada de la sala, donde se
encontraba Arthur con dos copas de vino, o al menos de lo que parece tener el mismo
color del vino, sangre-. Recuerdo con melancolía, un tiempo previo a la
industrialización de nuestras sociedades. Un mundo perfecto y simplista. ¡Maldita
tecnología! Los humanos se han vuelto esclavos del modernismo, y el
capitalismo. ¡Una pena!- le ofreció una copa de sangre a Thomas.
Sangre. El simple hecho de mirar la copa llena,
hacía palpitar con fuerza el corazón de Thomas. A pesar de las varias ocasiones
en las que había tomado la sangre de sus víctimas, no podía dejar de sentir
cierta repulsión. Y no era el sabor, el cual no era de ninguna manera
desagradable, francamente era deleitoso a su paladar. Sino la idea de ingerir
la sangre de otro individuo, un humano, el cómo conseguirla, siempre de una
manera violenta y estruendosa. Tomó la copa y la bebió rápidamente.
-¡Tranquilo! Mi intención es charlar un rato,
tenemos todo el tiempo del mundo- dijo Arthur, intentando relajar el momento.
Thomas podía sentir la sangre bajar por su
garganta, y llegar a su estómago, calmando su ansiedad. Era un momento
liberador, extasiante. Por unos momentos, podía sentir todo, y al mismo tiempo
se olvidaba del dolor. Claramente tenía un efecto adictivo.
-Toma asiento, puedo intuir que tu mente está
llena de dudas- Arthur señalo el sillón nuevamente-. En un momento me encargaré
de llenar tu copa otra vez.
Thomas se sentó en el lugar asignado. Arthur dio
un trago a su copa. Frente a ellos, se encontraba una chimenea, con un fuego
silencioso que pretendía iluminar la habitación. Nada, Thomas no sentía calor.
Encima de la chimenea había una gran pintura: una columna se alzaba en medio de
un mundo abandonado; la naturaleza cubriendo lo que parecía ser las ruinas de
alguna civilización antigua. La luna brillaba a lo lejos, sobre un río en el
que se adentraban algunas ruinas.
-Desolación, mi obra favorita de Thomas Cole- dijo
Arthur al ver que la mirada de Thomas examinaba los detalles de la pintura-. Lo
he visto tantas veces, la decadencia de las civilizaciones. La historia de la
humanidad puede ser algo pesimista.
-¿Qué edad tienes?- dijo Thomas.
-No lo sé, quizás unos cuantos milenios. Verás, al
ser inmortal, contar el tiempo, al menos de un modo estricto, pierde el
sentido.
-¿Acaso soy inmortal?
-Lo eres. Una oportunidad que todo mundo anhela, y
pocos individuos han recibido.
-¿En qué me he convertido?- Thomas sabía la
respuesta, pero quería escucharlo de alguien como él. Arthur lo miró con
curiosidad, después con lástima. De alguna manera, el tono de voz de Thomas dio
a entender que él no había optado voluntariamente por su condición.
-Eres un vampiro- Arthur soltó las palabras,
enseguida tomó otro trago de su bebida-, como el personaje ficticio de la
novela de Stoker, Drácula. Debo admitir que me agrada más el término de
Nosferatu, pero eso es un gusto propio.
Un vampiro. Varios pensamientos recorrieron la
mente de Thomas, en un momento, su cuerpo se sentía pesado, falto de energía.
Volteó a mirar su copa vacía, con unas cuantas manchas de sangre seca. Una
increíble sensación de náuseas se apoderó del joven vampiro.
-¿Te encuentras bien?- dijo Arthur, en tono de
preocupación, pensando en que quizás debió medir sus palabras. Thomas volteó
hacía él, todo en la habitación empezó a dar vueltas. Cerró los ojos, y respiró
profundamente.
-Creo que no, no creo volver a estar bien nunca
más- finalmente dijo Thomas, después de un minuto. La habitación dejó de dar
vueltas, sin embargo apareció un leve dolor de cabeza. Dirigió su mano hacía su
frente-. ¿Cómo puedo curarme de esto? ¿Hay vuelta atrás?
-No, lo siento- dijo Arthur con la mayor seriedad-.
Una vez que te han convertido, no hay vuelta atrás.
Las lágrimas empezaron a brotar. De algún modo, a
pesar de aquella afirmación, Thomas se rehusaba a admitir que su condición era
permanente. Eventualmente, él sabía que debía persistir, como todo en su vida.
Se secó sus mejillas, volteó hacía Arthur nuevamente.
-Sírveme otra copa, por favor.
-Explícame, ¿cómo funciona todo esto?- dijo Thomas.
-Explícame, ¿cómo funciona todo esto?- dijo Thomas.
Era la segunda noche en casa de Arthur, y podría
decirse que Thomas estaba en mejores condiciones.
Después de la sesión anterior, Thomas parecía
haber entrado en un estado de catatonía. Arthur lo llevó a una habitación, para
que pudiera descansar, sin embargo, pasó horas en soledad con sus pensamientos,
recordando todos los horribles actos que había cometido para sobrevivir hasta
el día de hoy.
En pleno día, mientras Arthur dormía, Thomas se
había dirigido al baño, en busca de alguna navaja de afeitar, con la intención
de terminar con su vida. Había encontrado una navaja, detrás del espejo sobre
el lavabo. Temiendo que Arthur pudiera llegar en cualquier momento, Thomas
cortó rápidamente su muñeca izquierda. La sangre brotó, pero la herida sanó en
cuestión de segundos. Hizo otro intento, en su muñeca derecha, con el mismo
resultado. Probó con su cuello, en esta ocasión, la sangre cayó sobre su ropa,
y sobre el suelo, creando un desastre, pero la herida sanó. Thomas se sentía
confundido.
Miró hacia el espejo, no había reflejo, pero
sentía una mirada. Volteó hacia la puerta, Arthur veía con enojo los intentos
de suicidio de Thomas, no por el hecho de que quisiera acabar con su vida, sino
por las manchas de sangre que cubrían el suelo y el lavabo.
-¡Qué desastre! Lo único que lograste es que
perdiera mi sueño para limpiar mi propio baño.
Thomas detuvo sus intentos por acabar con su vida
al ver que no lograba nada, más que molestar a su anfitrión. Arthur le ofreció
un cambio de ropa y lo llevó nuevamente a la habitación en donde lo había
hospedado. Cerró la puerta con llave. Thomas se había sentado en la cama, sus
pensamientos desaceleraron al ver que no podía terminar con su vida inmortal.
Finalmente, sus parpados cedieron, y durmió profundamente.
Arthur lo levantó alrededor de las siete de la
noche, el sol se había ocultado. Lo llevo nuevamente a la sala. Thomas se sentó
en el mismo sillón, y ahora hacía una pregunta a Arthur.
-¿Qué quieres saber?- respondió Arthur.
-No sé por dónde empezar. ¿Por qué ingerimos sangre?
¿Por qué el sol lastima mi piel? ¿Hay más como nosotros?
-Tu curiosidad me recuerda a la de un niño
pequeño- Arthur comentó y se rió-. Está bien, pequeño Thomas, te diré todo lo
que necesitas saber, si me prometes no atentar contra tu vida otra vez, en mi
casa.
-De acuerdo.
-Muchas culturas creían que la sangre ofrecía
vitalidad, en eso no se equivocaron- Arthur había sacado una botella con sangre
y sirvió dos copas, le ofreció una a Thomas-. Tenemos una condición, una
aflicción, una enfermedad quizás, yo la he nombrado el vacío. Éste nos obliga a
ingerir sangre con regularidad. ¿Has notado que después de unos días de haberte
alimentado, desarrollas una ansiedad grave?
-Sí, después viene un dolor muy fuerte,
proveniente de mi estómago. Nunca había sentido algo así antes de esto.
-Esos, son los síntomas de abstinencia. Ignóralos,
y sufrirás. Aunque optes por no ingerir sangre, llegara un momento en el que
perderás la consciencia de tus actos, y te alimentaras, de la manera en que
puedas. He visto ese cambio de actitud, los individuos se vuelven manipuladores
y violentos.
-Creo que he perdido la consciencia más de una
vez- dijo Thomas intentando recordar-. Sólo sé que despierto cubierto de
sangre, a veces con un cadáver al lado mío. La ansiedad que me atormentaba
desaparece, entonces sé que es momento de huir.
-¿Con cuanta regularidad te alimentas? Deberías
ser cauteloso.
-Puedo tolerar esa ansiedad por unos cuantos días,
aproximadamente seis días a una semana.
-No está tan mal. Podrías extenderlo a unos diez
días. Tienes que aprender a controlarlo, así podrías estudiar bien a tus
víctimas y planear con anticipación.
En otra vida, estos comentarios hubieran sonado dementes
para Thomas, pero había algo de reconfortante, en el poder expresarse con
alguien que entendía su situación.
-El sol- dijo Arthur-. Tienes que evitarlo en todo
momento. Quizás no debería decirte esto, dado tus intentos esta mañana, pero
solo hay unas formas de morir en nuestra condición.
-Quiero saber.
-No podemos exponernos al sol, si queremos
sobrevivir. No entiendo cuál es el mecanismo preciso, pero la piel y los
nervios se queman gradualmente. El fuego brota tras unos minutos, la piel se
calcina, es un proceso muy doloroso. El cadáver queda irreconocible.
-¿Qué otras maneras existen de morir?
-¡No peques de curiosidad, pequeño Thomas! Aunque
no lo quieras ver, ¡la vida es bella! Incluso para nosotros.
-Es sólo una pregunta. Finalmente yo decido que
hacer sobre mi vida, ¿no?
Arthur lo miró con desconfianza, se limitó a
servirse otra copa de sangre, bebió un trago y continuó.
-Una estaca de madera directo al corazón, muy
efectiva hace unos cuantos siglos. También podrías dejar que el vacío te
consuma, es muy difícil, necesitarías la ayuda de alguien más. No hay manera de
que la muerte no duela.
-Entiendo- Thomas se sentía obligado a decir algo respecto
a eso-. Entonces, ¿es el sufrimiento de los demás, o el mío?
-Thomas- dijo Arthur con seriedad-. Yo no puedo
decirte qué hacer. Es una lástima que te encuentres en este predicamento forzosamente,
pero desde mi punto de vista, sólo tienes dos opciones: lamentarte sobre lo
injusto que es la vida, tal vez atentar contra la tuya y descubrir que hay más
allá; o aceptarlo, experimentar, conocer el mundo a través del tiempo, ¡vivir
para siempre!
-¿No sientes culpa?
-Raramente, procuro no pensar en eso.
Un momento de silencio se extendió sobre ambos en
aquella habitación, mientras bebían de una botella llena de sangre. Thomas no
era inocente, pero no podía ignorar la culpa. Era parte de su condición humana.
En cambio, Arthur vivía lleno de lujos, educándose, y al parecer viajando,
ignorando el hecho de que él era la definición de asesino. Ambos lo eran.
-¿De dónde eres?- Thomas dirigió su intención a
conocer más acerca de su acompañante.
-Soy de muchos lados, pequeño Thomas. Hace una
década vivía en Londres. He conocido toda Europa, algunas partes de África y
Asia. El Nuevo Mundo es una aventura poco convencional para mí. Francamente quisiera
regresar a Londres, pero eso ya no es una opción.
-¿Por qué no?
-La Gran Guerra. Europa ya no volvió a ser la
misma, tengo el presentimiento de que algo va a pasar pronto- su rostro se
tornó melancólico-. No lo sé, quizás es ese ciclo, está llegando a su fin.
Muchos vampiros abandonamos nuestras vidas, para escapar de la guerra. Es muy
difícil ocultarse, cuando todos están alertas. Este éxodo ha provocado muchos
problemas en varias regiones del mundo. Me atrevo a decir que la persona que te
convirtió pudo haber sido un compatriota mío- soltó una carcajada. Thomas no
entendía el humor de su comentario, a él le molestó en realidad. Azotó el puño
contra la mesa en el centro. Arthur volteó.
-¡No era una persona! ¡Era un monstruo!- sus
palabras estaban llenas de coraje.
-Entiendo, quizás persona no es el sustantivo adecuado-
Arthur tomó una postura tranquila-. Hay más como nosotros, quizás deberías
conocerlos, podría ayudarte en tu proceso de adaptación.
-¿Por qué habría yo de querer conocer a más
monstruos?- Thomas batallaba para controlar su ira.
-Creo- dijo Thomas, con un tono que denotaba que
su paciencia estaba llegando al límite-, que deberías controlar tus palabras.
Después de todo, eres uno de nosotros.
Thomas respiro. Últimamente le había resultado
difícil controlar sus ataques de ira, los cuales eran más frecuentes con el
paso de los días. Arthur parecía saber lo que pasaba por la mente del joven
vampiro, puesto que empezó a decir.
-En nuestra condición, somos propensos a las
emociones fuertes, sobre todo las negativas- tomó un trago largo de su copa-.
Entiendo tu enojo Thomas, pero debes controlarte. Puedo enseñarte algunas
técnicas para relajarte. Puedo ayudarte Thomas, es cuestión de que quieras
aceptarlo.
Arthur demostraba que sabía mucho acerca de su
aflicción. Tantos años viviendo, seguramente debió de aprender algunas
lecciones severas. Sería sabio aceptar sus consejos para evitar errores
catastróficos. Thomas cerró los ojos y respiró profundamente, consciente de que
debía respetar a su compañero y anfitrión. Era acatar sus reglas, o volver a la
calle. Rápidamente, dirigió la atención a otro tema.
-¿Qué hacías en ese callejón, cuando me
encontraste?
-Temo que suelo considerarme como un personaje del
romántico Baudelaire, un flâneur. Esencialmente, un callejero. Suelo pasear por
la ciudad en las noches, absorber el mundo. En algunas ocasiones, me divierte
ver a los obreros salir de sus trabajos, preocupados o agotados. ¡Pobres
hombres! No tienen descanso. En fin, ¡es hermoso ver el mundo desde una
perspectiva única!
-¿Qué es un flâneur? ¿Quién es Baudelaire?- Thomas
estaba perdido.
-¿Qué tanto conoces del romanticismo?- preguntó
Arthur.
-No lo suficiente, al parecer.
-¡Inconcebible!- Arthur se dirigió hacía enfrente,
acercándose a Thomas- Tenemos todo el tiempo del mundo- sonrió.
La noche continuó mientras Arthur intentaba
explicarle a Thomas sobre la intrínseca búsqueda de la libertad auténtica, la
conexión con la naturaleza, la exaltación del yo, los distintos actores
representantes del movimiento, entre ellos Goethe, y su obra Las penas del
joven Werther, la cual, Arthur insistía en catalogarla como una de las obras
literarias más importantes de la historia de la humanidad. Thomas desconocía
varios detalles que narraba su anfitrión, pero estaba dispuesto a escuchar y
aprender. Era reconfortante poder hablar con alguien después de tanto tiempo de
vagar por las calles, sin rumbo. El hecho de que lo aceptara tan amablemente en
su hogar, mostraba que era un individuo solidario. Al menos, era alguien que
sabía por lo que Thomas pasaba, dispuesto a ayudarle.
Finalmente, él tenía razón, tenían todo el tiempo
del mundo.
-Hay muchas historias acerca de nuestra aflicción,
algunas historias se remontan a civilizaciones pérdidas- dijo Arthur mientras
buscaba un libro en uno de sus estantes-. La sangre, un líquido precioso,
derramada por siglos en guerras sin sentido, sacrificios a dioses falsos,
pasiones ridículas, ¡qué desperdicio!
Thomas había estado viviendo en la casa de Arthur
durante un mes. Lo consideraba un individuo excéntrico, interesante, apasionado
por la literatura y la pintura romántica. Lo acompañaba en sus caminatas
casuales por la ciudad, poniendo atención a sus largos discursos acerca de la
sociedad moderna y su desencanto por la misma. Comparaba las actitudes de los
humanos con las de sus precursores de otras épocas, y otros lugares, en
especial con las culturas europeas. Para Arthur, Londres había sido una máxima
inspiración en su vida, y determinaba muchos aspectos de su actitud. Algo era
seguro, Arthur había aprovechado toda su vida a educarse. ¿Cuánta experiencia
acumulada? ¿Sería él, la persona más culta que conocería?
Cada día, surgían más preguntas por parte de
Thomas, algunas eran contestadas. En otras ocasiones, Arthur se limitaba a
afirmar o negar, y después silencio, dando a entender que no quería hablar de
ello. También le había enseñado a concentrarse de una manera efectiva para
calmar sus emociones y poder prevenir sus ataques de ira. En el caso de Thomas,
pensar de manera objetiva en la causa de su agitación, analizando la situación,
permitía disipar la energía acumulada. Con el paso de los días, sus emociones
lograban mantenerse estables.
-Tenemos un origen, ¿no es así?- dijo Thomas.
Arthur volteó a ver a Thomas, su mirada, parecía
algo tímida, quizás escondía un secreto. Había noches en las que Arthur cambiaba
drásticamente de humor; de mostrase optimista, a un punto en el que llegaba a
ser presuntuoso, hasta un estado melancólico y callado. Tal vez, sí había algo
por lo que él se sintiera culpable. Hoy podría decirse que era una noche
melancólica.
-En efecto, todo tiene un origen, incluso nosotros.
Conozco unas cuantas historias, tú juzgarás si te parecen realistas.
-¿Qué es real? ¡Mírame! Debería de estar muerto,
pero aquí estoy, hablando con un ser que ha vivido durante siglos, y que tiene
la apariencia de un hombre joven. ¡Ya nada puede sorprenderme!
Arthur soltó una carcajada. Efectivamente, su
condición desafiaba la realidad de los humanos, pero era ingenuo pensar que el
mundo se había quedado sin sorpresas.
-Créeme, mi experiencia me dice que siempre hay
algo por lo cual sorprenderse. En unos años verás cosas que jamás hubieras
soñado. Claro, tomando en cuenta que sepas cómo sobrevivir.
-Entonces, sorpréndeme.
Milenios atrás, existió una mujer de origen egipcio, de gran belleza y un corazón puro. Su nombre era Neferu, y era hija de una familia con muchas tierras y riquezas. Poseían cientos de esclavos, los cuales asistían en los campos, y en el hogar. El padre de Neferu asignaba a un esclavo al
cuidado de su esposa y su hija. Lo cambiaba periódicamente, para evitar que su
familia formara lazos afectivos. Un día el esclavo desaparecía, y era
reemplazado sin muchas preguntas. Nadie hacia el esfuerzo por buscarlo. Se
susurraba entre los guardias, que el pobre hombre era asesinado por órdenes del
padre de Neferu, y se enterraba el cadáver en una fosa común.
Milenios atrás, existió una mujer de origen egipcio, de gran belleza y un corazón puro. Su nombre era Neferu, y era hija de una familia con muchas tierras y riquezas. Poseían cientos de esclavos, los cuales asistían en los campos, y en el hogar.
Llegó al hogar de Neferu, un hombre joven con el
nombre de Mahaes. Había nacido en la pobreza, conociendo solo la miseria y el
maltrato de sus dueños. Desde el primer día, fue asignado para cuidar de la
esposa y de la hija, y asistirles en las actividades del hogar. Neferu, su
corazón lleno de bondad, le enseñó al esclavo acerca del mundo, más allá de la
marginalidad. Ambos formaron un vínculo profundo.
En poco tiempo, la madre de Neferu enfermó de
gravedad, por lo cual tuvo que ser atendida y aislada de su familia. Su piel entera
había sido cubierta por úlceras dolorosas. Mahaes quedó encargado únicamente del
cuidado de Neferu, situación que puso en alerta al padre de la joven mujer. En
su desconfianza, ordenó a los guardias que los vigilaran de cerca.
Con el paso de los meses, era evidente que la
madre de Neferu no iba a recuperarse, lo cual llenó de tristeza el corazón de
todos los miembros de la familia. Mahaes acompañó a Neferu durante este proceso
doloroso, dejando de lado sus otras responsabilidades, para atender a sus
necesidades emocionales.
Posterior a la muerte de la madre, el padre de
Neferu, se sumió en una profunda depresión, y se deslindó de sus obligaciones
al trabajo y a su familia. Esto abrió la oportunidad de que la relación entre
ambos jóvenes se volviera más íntima, se decía que ambos estaban enamorados. Siguiendo
las órdenes de su jefe, los guardias encargados de vigilar a la hija, no iban a
permitir que permanecieran juntos.
Estando consciente de los deseos de su padre,
Neferu elaboró un plan para escapar junto a Mahaes en busca de su destino,
dejando atrás los lujos y las comodidades de su vida.
Una noche, después de que su padre fuera a dormir,
Neferu escapó con Mahaes. Sin embargo, antes de lograr salir de las tierras de
la familia, un guardia alcanzó a infligir una herida fatal en el pecho de
Mahaes.
Ambos continuaron su camino por el desierto
nocturno, hasta que el pobre esclavo había perdido tanta sangre que le era
imposible permanecer de pie. Escondidos en una cueva, para atender las heridas
de Mahaes, Neferu se sumió en la desesperación, reacia a aceptar la cercana
muerte de su amor.
Pidió a los dioses que la ayudaran a sanar las
heridas del esclavo, pero nadie ni nada respondió a su llamado. En poco tiempo,
Mahaes perdió suficiente sangre como para que su corazón dejara de funcionar, y
sus órganos comenzaran a fallar. Su piel se volvió fría, ya no había latidos.
Era tarde para él.
Ahora, Neferu se encontraba sola en medio del
desierto, con el corazón roto y las lágrimas brotando desde un dolor imposible.
Alguien la escuchó y le susurró a su oído.
-Tu dolor me ha conmovido. Yo puedo ayudarte.
Neferu volteó a su alrededor, no había nadie. La
incertidumbre detuvo sus lágrimas por unos momentos, su corazón se llenó de
miedo.
-No tengas miedo, te ofrezco una solución.
-¿Quién eres? ¡Revélate!- respondió Neferu,
reincorporándose, desafiando a las sombras.
La antorcha que iluminaba el sitio en el que
Neferu y Mahaes se encontraban, creaba imágenes danzantes en la pared de la
cueva. Al responderle a la voz, apareció la sombra de un león que provenía del
fondo de la cueva, acompañada de un rugido estruendoso, lo cual paralizó a
Neferu. Ciertamente, un león hambriento tendría la fuerza para terminar con
ella.
Pero al acercarse la sombra desde el fondo de la
cueva, la antorcha reveló el rostro y el cuerpo de un joven, con un cuchillo de
carnicero.
-¡Por favor no me lastimes!- gritó Neferu
asustada.
-Tranquila, ¿qué no te he dicho ya que mi
intención es ayudarte?- respondió el joven acercándose a ella y al cuerpo de
Mahaes.
Sus facciones eran finas, tenía el torso
descubierto y un shenti que cubría su entrepierna y sus muslos. Algo en sus
ojos y en su forma de caminar, lo hacían tomar un aspecto felino. ¿Cuánto
tiempo debió estar escondido en la cueva sin que ella se diera cuenta? ¿Acaso
era una persona o una alucinación?
-¿Quién eres?- sostuvo Neferu.
-Si preguntas por mi nombre, entonces ese sería
Shesmu- su gran sonrisa resaltaba sus ojos-. Pero quizás no estás haciendo la
pregunta correcta.
-¿Qué eres?- reformuló Neferu.
-No soy humano. Soy algo distinto, con la
capacidad de ayudarte.
Neferu no podía entender cómo él podría ayudar a
su amante muerto. Ni siquiera sabía si era real, o si estaba alucinando. Una alucinación
creada en su desesperación.
-¡Ven! Toca aquí- extendió su mano.
Ella se acercó, tocó su mano y vio que realmente
estaba ahí con ella en la cueva. Ahora la incertidumbre dio paso a la
curiosidad. Shesmu sonrió.
-Él es alguien importante para ti, ¿cierto?-
señaló con su cuchillo. Ella asintió.
-Por favor, ayúdame. Ha perdido mucha sangre.
-Está muerto- Shesmu llevó su mano libre al mentón,
pensando-. Hay algo que podría hacer- volvió a mirar a Neferu, sonriendo con
intención de travesura-. ¿Qué tanto crees que vale la vida de este esclavo?
-Tanto como la mía- respondió sin miedo, mirándolo
a los ojos. Ella quería más tiempo con su amante, sabía en su corazón, lo que
sentía por él.
-Dame tu mano, si te atreves…- Shesmu ofreció su
mano libre, mientras hacia un gesto con el cuchillo.
Neferu no sabía si lo que iba a pasar a
continuación podría salvar a Mahaes, pero parecía ser la única opción. Tomó la
mano de Shesmu.
-¡Ah! ¡Qué valiente!- en ese momento, Shesmu
dirigió su cuchillo al brazo de Neferu e hizo una cortada profunda en un
movimiento rápido. Ella gritó del dolor, asustada, la sangre brotaba
rápidamente. Él dirigió su brazo hacia el rostro de Mahaes, quien yacía tendido
en el suelo, rígido y pálido. La sangre cayó sobre sus facciones, sobre su boca.
En ese momento, la herida en su pecho comenzó a sanar. El cuerpo en el suelo
tosía, intentando agarrar aire de una manera violenta, casi convulsionando.
Abrió sus ojos, y se levantó rápidamente para sentarse.
Neferu no podía creer lo que veía, Mahaes había
vuelto a la vida, pero algo era distinto. Sus ojos estaban llenos de rabia. La
sangre seguía brotando de la herida de su brazo. Mahaes se acercó a ella, y la
mordió, intentando beber de su sangre. Neferu gritó de dolor.
Shesmu se alejó de los amantes, viendo como Mahaes
drenaba a Neferu de toda su sangre. Su rostro era neutro, el cuchillo aun en
mano.
Ella perdió la consciencia, y Mahaes recuperó la
suya.
-¿Qué sucede? ¿Dónde estoy?- Mahaes estaba
claramente confundido.
-Sucede que has vuelto a vivir, gracias al amor
que ella te tenía- contestó Shesmu con una sonrisa.
-¿Qué le pasó a Neferu? Su piel está fría- se
acercó a ella, tocando su rostro.
-Dijo que tu vida valía tanto como la de ella,
esclavo- Shesmu soltó una carcajada-. Tú recuperaste tu vida, ella perdió la
suya.
-¡No! ¡Devuélvesela!- imploró Mahaes.
-¡Oh! Pero si yo no sé la quité.
Mahaes se llenó de ira, una emoción que lo impulsó
a atacar a Shesmu, pero este desapareció antes de que pudiera tocarlo. Terminó
golpeando la pared de la cueva.
-¡Te ofrezco mis regalos! ¡Vida eterna y un hambre
infinita! ¡El mundo te espera! Intenta llenar el vacío…- la voz de Shesmu hizo
eco en la cueva, ya no parecía estar ahí.
-¿Quién eres? ¿Qué has hecho?- gritó Mahaes, pero
no obtuvo respuesta de Shesmu. En cambio, una voz proveniente del exterior de
la cueva respondió.
-Creo que hay alguien dentro de la cueva, podría
ser el esclavo y Neferu.
Los guardias habían encontrado la ubicación de
Mahaes. Al entrar a la cueva vieron el cuerpo sin vida de Neferu y a Mahaes
cubierto en sangre.
-¡Asesinó a Neferu! ¡Maldito esclavo! ¡Pagaras con
tu vida!- gritó uno de los guardias.
Ambos guardias se acercaron con sus espadas hacia
Mahaes. Una descarga de energía recorrió su cuerpo. Saltó contra ellos, tirando
a ambos contra el suelo. Tomó la espada de un guardia y lo hirió en el pecho,
de la misma manera en la que había sido herido previamente, al intentar
escapar. Rápidamente cortó el cuello del otro guardia, quien cayó al suelo, su
vida esfumándose conforme avanzaban los segundos.
Al ver toda la sangre que brotaba, algo en el
interior de Mahaes se retorció, una fuerza que lo impulsaba a ingerir ese
líquido rojo oscuro. Cedió a sus impulsos y bebió de su sangre. Ambos guardias
murieron esa noche.
-Mahaes escapó, sin entender que se había
convertido en el primer vampiro de la historia. No podía entender su aflicción,
ni las terribles consecuencias que desataría en la humanidad desde entonces-
Arthur se terminó su copa de sangre; ahora vacía, él se veía perdido en sus
pensamientos. Tras un momento de silencio, sugirió-. Creo que Shesmu lo hizo
para dejar su marca en el mundo. Los egipcios se estaban deshaciendo de sus
antiguos dioses. Con esto, él podría dejar una parte de él. Una maldición, que
se alimenta del dolor.
Thomas no sabía que pensar acerca de la historia
que acababa de escuchar. Realmente no tenía sentido, pero bueno, nada de lo que
le había pasado recientemente tenía sentido. ¿Un dios olvidado creó a los
vampiros?
-¿Esa es tu mejor historia?- se aventuró a decir-.
No esperaras que crea eso.
-Algunas cosas es mejor dejarlas en la
incertidumbre- dijo Arthur, algo molesto por la respuesta de Thomas.
-Entonces, ¿los vampiros nacieron del amor que se
tenían un esclavo y la hija de su dueño?- dijo Thomas sonriendo.
-Fueron víctimas de un sistema imperfecto que
separaba al hombre libre del esclavo. ¿Acaso hay algo más romántico que morir
por amor?
-¿Qué habrá
sucedido con Mahaes?
-Es evidente que transmitió su condición por todo
el mundo. ¡Últimamente no he podido encontrar un pueblo que no tenga su propio
vampiro!- Arthur se río, se estaba refiriendo a Thomas.
Arthur había viajado mucho, conocía a otros
vampiros. Anteriormente, la idea de enfrentarse a estos seres, lo llenaba de
ira y miedo. ¿Por qué habría de lidiar con ellos? Alguien, afuera en el mundo,
quizás no muy lejos de donde se encontraba, había sido el responsable de
convertirlo. Tal vez nunca sabría quien fue.
Pero estando ahí junto a Arthur, alguien que lo había
acogido en su hogar y le había enseñado tanto sobre su nueva condición, Thomas
se preguntaba cómo sería lidiar con otros vampiros. ¿Qué conocimientos podrían
transmitirle? ¿Cómo habrían sobrellevado su conversión? ¿Qué perspectiva del
mundo podrían mostrarle? Quería saber las respuestas.
-Quiero conocer a otros vampiros- dijo Thomas.
Arthur volteó a ver a Thomas con curiosidad. Podía
notar un cambio en la actitud del joven.
-¿Estás seguro de eso? Te advierto, algunos
vampiros son ciertamente especiales. No les agradan las visitas, a menos que
sean la cena.
-Quiero conocer este nuevo mundo, Arthur- Thomas
insistió.
-De acuerdo. Creo que puedo presentarte a unos
viejos amigos. Será interesante volverlos a ver después de tanto tiempo.
Para Scott Young, otro día que pasaba sin poder
resolver los crímenes de los expedientes de su escritorio, era frustrante. La
reciente ola de asesinatos cometidos en Aberdeen, habían incitado el temor en
la población. Para el detective Young, era necesario lidiar con el autor de
tales actos violentos antes de que las personas decidieran que las autoridades
no podían protegerlas.
Lo que más le molestaba a Scott era lo descuidado
que había sido el asesino en su modo de operar, y que a pesar de eso, no
hubiese alguna pista evidente del perpetrador. Los cadáveres usualmente eran
descubiertos al día siguiente en algún callejón, con severas lesiones que
demostraban que las víctimas se habían defendido contra el agresor, y que el
mismo había utilizado gran fuerza para inmovilizarlas.
Algo que resaltaba del cuerpo de las víctimas, era
lo que podía catalogarse como una mordida. Muchas personas en la unidad
policial habían sugerido que se trataba de un animal salvaje que había escapado
de algún zoológico cercano. Incluso los periódicos aprovecharon esta teoría
para crear una noticia sensacionalista e infundir el pánico en el pueblo. Pero
Scott sabía que esto no era obra de un animal. ¿Qué animal drena la sangre
entera de sus presas? No, esto había sido realizado con intención. ¿Cuál
intención? Imposible saberlo. Quizás se trataba de una persona demente.
Ninguna de las victimas parecía tener relación con
la otra. Había iniciado con la muerte de un joven estudiante, Timothy Bell,
quién caminaba por una calle solitaria durante la noche, tratando de regresar a
casa. El detective nunca olvidaría la cara de la madre de aquel joven, al darle
la noticia de que habían encontrado el cadáver de su hijo, en un terreno baldío
cerca de su hogar. Era indispensable encontrar al culpable. Era lo más justo.
Era lo más humano.
De algo estaba seguro Scott, los primeros ataques
fueron cometidos por alguien totalmente distinto a los que se presentaron
recientemente. Estaba frente a dos asesinos, que operaban de una manera
similar, pero lo suficientemente diferentes. Las mordidas eran de distinto
tamaño, los cadáveres de los primeros asesinatos habían sido puestos en lugares poco visibles, a comparación de los últimos, que habían sido hallados en
varios callejones. Siempre sucedían en la noche. A excepción de un caso.
La misteriosa muerte de Eric Moore sucedió en la
tarde. Fue hallado en su hogar por la policía, después de que los vecinos
escucharan un altercado dentro del mismo y decidieran llamar a las autoridades.
Al parecer la víctima había invitado al asesino a la casa, no había evidencia
de que se hubiese forzado la entrada. ¿Quién sería capaz de asesinar al pobre
hombre jubilado, en su cocina? Eric Moore era una persona respetable en su
comunidad, no tenía problemas con sus vecinos. Se le conocía por querer ayudar
a los demás. Eso probablemente lo llevo a su muerte.
Y luego está la desaparición del joven Thomas
Elliott, el vecino contiguo del señor Moore, quién recientemente había sido
diagnosticado con una enfermedad grave, desconocida, mortal. Los testimonios de
los familiares y amigos, revelaron que se encontraba en su casa, en el momento
en el que se realizó el homicidio.
¿Sería posible que Thomas Elliott hubiese cometido
tales asesinatos? Él mismo refirió haber sido atacado por un hombre vestido de
negro, una noche después de salir del trabajo. Perdió mucha sangre y
posteriormente enfermó de gravedad. ¿Acaso tendría la fuerza suficiente para
inmovilizar a sus víctimas y matarlas, siendo que su estado físico no era el
óptimo? Nada es imposible, pensaría el detective.
Una teoría señalaba que al escuchar el ruido
proveniente de la casa de su vecino, Thomas saldría a ver que estaba
sucediendo. Al encontrar al asesino, este probablemente atacaría al joven
Thomas, dejándolo inconsciente, ¿y lo secuestraría? ¿O tal vez lo asesinaría?
¿Dónde está el cadáver? En el caso de que lo hubiese secuestrado, para estas
alturas, ya estaría muerto. Si no fuese por obra del asesino, probablemente su
enfermedad lo habría matado. ¡Pobre hombre! Era el sustento de su familia.
Tras realizar una amplia investigación y
contactarse con las fuerzas policiales de los pueblos aledaños, el detective
Scott descubrió que se habían cometido más homicidios, con los cadáveres
en condiciones parecidas a como habían sido encontrados en Aberdeen. Los
asesinatos en el pueblo habían terminado, porque los perpetradores se habían
mudado. Cerca, muy cerca.
Para el detective Scott Young, era hora de
movilizarse. Tarde o temprano llegaría al fondo del asunto. Hasta que los
asesinos no estuvieran tras las rejas, esperando una condena, él no podría
descansar a gusto. Haría su trabajo con gusto por la madre de Timothy Bell, por
la memoria de Eric Moore, por la desaparición de Thomas Elliott, y por los
familiares desconsolados de las víctimas en los otros diez expedientes en su
escritorio.