PARTE 1 –
Nosferatu
‘‘¡No tan apresurado, joven amigo! Nadie
puede escapar de su destino.’’
CAPITULO 1
– Perspectiva.
No puedo
comenzar esta historia diciendo que me siento culpable por lo que hice o por el
daño que causé a tantas personas, no puedo visualizar el alcance de mis consecuencias.
Tampoco voy a pedir perdón, ya no soy digno de piedad ni penitencia. El
arrepentimiento nubla mi juicio, y no puedo permitirlo, si deseo vivir. ¡Y vaya
que quiero hacerlo! Es irónico que después de vivir tanto tiempo, aún no esté
listo para dejarlo todo. Por más trágica que haya sido mi vida, siempre quiero
algo más, pero permanecer aquí significa más dolor, angustia y muerte para los
demás.
Soy
egoísta. Soy oportunista. Soy sádico. Soy todo eso, porque el mundo y el
destino me lo han permitido. Es más fácil tomar cosas de los demás, que dar
algo de mí. Honestamente, no me importa la opinión de las personas; puesto que
no me conocen en realidad. Pero algo es cierto, no siempre fui así.
Antes tenía
miedo al futuro y la expectativa, pero lo enfrentaba. Llegué a ser alguien en
la vida, alguien en quién las personas podían confiar. Tuve que hacerlo por mi
familia, después de la muerte de mi padre. Mientras el mundo afrontaba las
consecuencias de la Gran Guerra, yo tuve que valerme de mis cualidades para
convertirme en el soporte de mi familia. Todo lo hice por mi madre y mi hermano.
Me hubiera gustado abrazar a mi madre una vez más, o ver a mi hermano crecer y
convertirse en alguien.
No son las
grandes cosas lo que más extraño. No extraño el dinero, nunca tuve la
oportunidad de conseguir un automóvil o una casa propia. Conocer el mundo,
ahogarme en vicios, construir un legado, no es de mi actual interés. Son las
cosas pequeñas, de todos los días, lo que ya no puedo experimentar. Ese anhelo
incesante.
Creo que lo
que más extraño es poder ver el amanecer. Sentir el calor del sol en mi piel,
mientras lo veo salir en el horizonte; poder respirar el aire fresco de la
mañana del sábado, como cuando era niño. Ya no es posible siquiera contemplar
eso, mi vida se ha convertido en una eterna noche, llena de luces artificiales.
He sido privado
de la calidez. Mi piel fría ya no encuentra tregua en un abrazo, y mi corazón ya
no palpita con las emociones fuertes. Quizás se agotó, quizás ya no hay
espacio. Mi aflicción me ha quitado tanto. Todo sucedió tan rápido, que no pude
hacer algo para evitarlo.
Aprendí a
vivir en las sombras, a ver el mundo a través de ellas. Al principio fue
solitario, no entendía lo que me pasaba. Después conocí otros individuos que
sufrían mi aflicción, incluso peores que yo. Me enseñaron a aceptar mi nueva
realidad. El perpetuo silencio de la noche se convirtió en mi manto. Había algo
de excitante en el hecho de que ya no podía sentir miedo, pero si provocarlo con
facilidad. Mi fuerza y mi voluntad podían quebrar huesos y mentes. Me sentía
invencible, había logrado una nueva forma de satisfacción. De alguna manera era
libre de los males del hombre, quizás porque yo los provocaba.
El miedo,
lo podía ver en sus ojos, era palpable, intoxicante, adictivo. Podía verme
reflejado, aquella noche en que todo cambió, y al momento siguiente podía
sentir como saciaba el vacío dentro de mí. Una sensación muy poderosa, una
acción que creaba un ciclo, para volver al mismo lugar: otro par de ojos, con
una historia, y mi reflejo.
Todas las
personas de mi vida se han esfumado. Es natural, todo tiene que morir, sin importar
lo grandioso que haya sido en vida. Las lágrimas son innecesarias cuando
entiendes eso. Otro ciclo, éste ajeno a mi existencia.
Podrán
decir que quizás soy una mala persona por vivir del sufrimiento de los demás, o
tal vez que mi historia podría dar espacio a la explicación. Nada de eso
importa, el punto es que no creo ser más una persona.
Yo no soy
natural. Quizás eso me limita el poder vivir experiencias humanas, apreciar las
pequeñas cosas de la vida, tener un contacto con el mundo. Como si las cosas
hablaran otro idioma, y no pudiese entenderlo. Mi cuerpo y mi mente ya no son
capaces de hacerlo. Honestamente, es difícil recordar lo que sentía antes de mi
aflicción. Supongo que es lógico, olvidar estas cosas cuando has vivido durante
décadas sin experimentarlas.
Nunca pedí
tener esta maldición. Nunca quise lastimar a esas personas. El tiempo y mis
ganas de vivir me arrebataron lo que esencialmente me hacía humano. Y la
verdad, no me hace infeliz, no me hace sentir nada. Lo único que importa, es
llenar este vacío, mientras lo haga, podré vivir tanto como yo lo desee. ¿Es un
trato justo? Tal vez un egoísta diría que sí; alguna vez conocí a varios
individuos que estarían dispuestos a consentir. Tal vez un oportunista no
dudaría en aceptarlo, lo he visto en sus ojos. Tal vez un sádico no tendría
problema con vivir para siempre, mientras viva del dolor de los demás.
De repente
siento frío, cuando recuerdo que no puedo mirar hacia atrás. Ya no queda nada. Ahora,
el futuro y la expectativa siguen siendo inciertos, pero el miedo ya no existe.
He visto muchas cosas que le quitarían el sueño a cualquier persona.
Nuevamente, yo no soy una persona.
Yo soy
Thomas Elliott, tenía 27 años cuando mi vida cambió. Un momento que alteró todo
en lo que alguna vez creí, mi existencia y la de las personas a mí alrededor. Abrió
mis ojos al vacío. Me condenó. Creí que la muerte sería liberadora, hasta que
regresé, y ya no era el mismo.
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